Wednesday, December 27, 2006

Felipe IV

De entre todos los siglos, uno destaca en especial por su frecuencia a la hora de verses artefactos aéreos extraños sobre los cielos madrileños. Me refiero al siglo XVII. Y es más. Dentro de este siglo hay una época donde más menudean: durante el reinado de Felipe IV (entre 1621 y 1665) rico en esta clase de acontecimientos que, por fortuna, se encargaron de consignar los cronistas.
Uno de ellos era José de Pellicer de Tobar (1602-1679) que llegó a ser consejero Real y Cronista de Castilla y León y de Aragón por el rey Felipe IV. En su obra Avisos históricos, relata aquellos acontecimientos que más le llamaron la atención durante más de cinco años, entre el 24 de mayo de 1639 y el 29 de noviembre de 1644.
En los avisos del 7 de mayo de 1641 nos encontramos con el primer objeto volante no identificao. Se puede leer textualmente:

“El domingo 5 de éste, cerca de las nueve de la noche apareció un globo de fuego o luz, que venía de hacia Levante y atravesando Madrid, dio tanta luz (el espacio que duró, que no fue poco) como la del sol en día nublado y de más a más calentaba, de forma que se sentía; era el resplandor como de seis o siete hachas juntas, con una cola de hasta siete varas. Pasó por sobre Palacio y se deshizo en la otra parte de la Priora hacia el Parque. Andan varios juicios de astrólogos; mi sentir es que el aire, que le hacía grande aquel día, la arrastró de región caliente”.

En el párrafo siguiente, correspondiente al mismo día, anota un hecho que sin duda tiene relación con lo que acabamos de leer aunque dista mucho de parecerse a lo que se describió antes, es decir, a una esfera de fuego con cola que cruzó la ciudad lentamente. Ahora se trata de un fenómeno que no da luz sino todo lo contrario. Lo describe como una nube pero más bien parece un objeto. Mejor leamos sus expresiones:

“Ayer lunes a la misma hora, estando muy sereno el cielo, sin haber en todo él una nube, se vio una negrísima y oscura nube, que venía de entre Levante y Septentrión, dilatada y angosta, cruzando entre Poniente y Mediodía, que estuvo fija mucho tiempo sin hacer aire ni tener lo que las otras nubes, remate blanco a los lados, ni nubes menores que la acompañasen”.

Es curioso que este mismo cronista relatase, tres meses después, otro acontecimiento aéreo, pero sobre los cielos de Molina de Aragón (escrito el 13 de agosto de 1641). En esta ocasión no se vio nada sino que se escucharon ruidos estridentes, clarines y tambores como si se estuviese produciendo una feroz batalla invisible.

Una rueda de fuego

Otro cronista de la época fue Jerónimo de Barrionuevo autor de Avisos del Madrid de los Austrias. Esta obra comprende una época corta: los sucesos comprendidos entre 1654 y 1658 en todo tipo de materias. Las más jugosas, para lo que aquí estamos tratando, son aquellas que él cataloga de “Vida extraordinaria” (Sucesos fantásticos y fabulosos. Hechos inhabituales).
En el Aviso correspondiente al día 19 de julio de 1656 sale a relucir El Escorial, al que se puede añadir un nuevo enigma, anotando:

“Miércoles 12 de éste, a las once de la noche, se levantó en la media región del aire un globo de fuego, como una rueda grande de carro y desde el oriente corrió al poniente, haciendo una gran cola, oscureciendo la luna y haciendo pareciese un breve espacio ser mediodía. Pasó por medio de Madrid, guiando a Palacio, y remató en El Escorial”.

Barrionuevo lo tenía como un fenómeno de buen agüero para el monarca. Lo cierto es que analizando los dos fenómenos aéreos de los que hablan tanto Pellicer como Barrionuevo en sus respectivas crónicas, encontramos una serie de similitudes cuando menos inquietantes. A saber:
- Ambos son dos globos o esferas de fuego.
- Ambos traspasan el cielo madrileño de Este (Levante u Oriente) a Oeste (Poniente).
- Ambos pasan por la vertical del Palacio Real.
- Ambos dejan tras de sí una estela o cola.
- Ambos iluminan el lugar con una luz singular, más fuerte que el resplandor de la Luna.
Pero aquí no acaba la cosa. A finales del año siguiente, 1657, ocurren otros dos fenómenos lumínicos inexplicables. Un sobrino del confesor de Su Majestad escribe a su tío que en la noche que parió la reina se levantó “una exhalación o cometa redonda, disforme en la grandeza, que hizo la noche día, y duró un cuarto de hora largo”.
Y Barrionuevo añade que en Malagón (Ciudad Real) se “abrió una nube negra de donde salió un globo de fuego tan grande como una casa y llegó corriendo a parar sobre Madrid, donde la vieron muchos”.

Misterios de altura

Da la impresión que nos encontramos ante una oleada de globos ígneos, cuyas manifestaciones se vuelven a repetir al año siguiente. En el aviso del 19 de junio de 1658, Barrionuevo no sale de su asombro y menciona otro objeto sobre Madrid que nos recuerda a las “naves nodrizas” de aspecto alargado que tan de actualidad estuvieron en el último tercio del siglo XX. Obviamente, Barrionuevo no tenía a su alcance más que su pluma y a los comunicantes que le narraban estos sucesos, aunque en este caso concreto él también fue testigo presencial del prodigio. Oigámosle:

“Jueves 13 de éste, día de San Antonio de Padua, a las cuatro de la tarde, desde San Isidro se levantó en el aire un nubarrón de fuego, por no decir cometón, como un coche muy grande y corrió hasta Palacio, donde se paró, a modo de un clavo largo en punta, y se fue volviendo cenizoso, deshaciéndose poco a poco, durando espacio largo. Viéronlo muchos, y yo entre ellos”.

¿No les parecen demasiados casos en tan poco tiempo? ¿Y se han fijado en la manía que tienen estos objetos en pasar por la vertical del Palacio Real?
La verdad es que estos hechos insólitos no son los únicos que ocurrieron durante el reinado de Felipe IV. También sucedieron acontecimientos religiosos y sobrenaturales de gran envergadura. Por citar un sólo ejemplo, el 29 de enero de 1640 se produce el espectacular milagro del cojo de Calanda (Zaragoza), atribuido a la Virgen del Pilar, autentificado por varios testigos presenciales y certificado por médicos, cuyos documentos se conservan hoy en día.
Fuera de la provincia de Madrid, Barrionuevo dejó señalados más hechos aéreos inhabituales. En agosto de 1654 el mismo cronista recoge la noticia de que al amanecer un marino vio en los cielos de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) pelear a dos ejércitos furiosamente. Al salir el sol el espectáculo se desvaneció y el 28 de junio de 1656 constata que tres matrimonios a media legua de Badajoz vieron una batalla espectral durante más de un cuarto de hora, hasta que los dos bandos desaparecieron en un instante.
Insistimos en lo de la época de Felipe IV porque no en vano, el rey se carteaba durante esos años con una monja singular donde las haya, Sor María Jesús de Agreda, de la orden de las Franciscanas Concepcionistas, que vivía en el convento de clausura de Agreda (Soria). Hasta aquí, la cosa no tiene mayor trascendencia, salvo que indiquemos que esta monjita tenía fama de estar en dos sitios a la vez: en la celda de su convento y en tierras de Nuevo México, Arizona y Texas evangelizando a los indios jumaros. De tal modo, que cuando llegaron los primeros misioneros, los indígenas de estas zonas tenían cruces y rosarios y ya conocían perfectamente la vida de Cristo y los principios fundamentales de la Iglesia Católica, enseñados por una misteriosa “dama de azul” que, al final de la investigación, se comprobó que era sor María Jesús de Agreda, vestida con su hábito, que tenía el don de la bilocación y la teletransportación.
Asombroso pero cierto.

Cruz luminosa sobre Villaviciosa de Odón

Este tipo de prodigios lumínicos se han ido repitiendo a lo largo de los años y de los siglos, con mayor o menor intensidad.
A mediados del siglo XIX, la población de la localidad madrileña de Villaviciosa de Odón se sobresaltó al observar en la noche del 16 de mayo de 1851 la aparición de una extraña formación blanquecina semejante a una cruz luminosa perfectamente definida que emitía destellos de colores diversos.
En Madrid diversos testigos -de esos que hoy en día se llamarían de “alta fiabilidad”- entre los que se encontraban Rafael Javat, oficial del Ministerio del Estado, la condesa de Clonard y Teodoro Ponte, miembro de la Cámara de S.M. el Rey, observaron el inusual portento que no identificaban con ningún fenómeno atmosférico. En unos minutos, la cruz desapareció como si se disolviera en la noche. El incidente fue comentado años después en diversos tratados históricos, debido al gran número de testigos que vieron las evoluciones del supuesto ovni y la curiosidad que suscitó.
Algunos investigadores han explicado este inusual fenómeno diciendo que era un simple halo lunar debido a que también se observó un anillo con los colores del arco iris. En esta hipótesis falla algo esencial, ya que si en realidad hubiera sido la luna ésta no hubiera desaparecido al desaparecer el halo lumínico.

Posted by isisdiosa99 at 14:00:39
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